Cuando presenté la solicitud de asilo y protección ante el gobierno finlandés, aquello fue en el norte del país, en la orilla del mar, donde hay muchos árboles, pantanos y estaciones de tren en las que esperan una o dos personas, con el nombre de la ciudad escrito en azul, y muchos ancianos y gentes que ni ríen ni fruncen el ceño, como el otoño y el largo invierno ligado a una oscuridad que no termina.
Presenté la solicitud de asilo en verano, en una pequeña comisaría de policía en la que no hay una sola persona. Cuando leí lo que había en la puerta, se me pidió que esperara. Cuando entré, solo tomaron mi fecha de nacimiento. Desde aquel momento supe que la fecha de nacimiento es más importante que el nombre. Pues el nombre puedes cambiarlo con toda sencillez cada seis meses, pero tu fecha de nacimiento está ligada a los sólidos registros gubernamentales que nadie puede cambiar, como el granito negro de las costas finlandesas.
Luego vino el coche —y era medio transporte—, me metieron en él, me pusieron como cualquier cosa respecto a un empleado que cumple con su deber. Subimos más hacia el norte, a una ciudad cuyo nombre no pude deletrear ni pronunciar, por la cantidad de vocales que contiene y por mi incapacidad de distinguir entre la letra W y la O. Algo extraño: cómo puede esta ciudad estar ligada a dos cosas que jamás puedo distinguir. Era algo extraño para mí; y su nombre era a la vez muy corto y difícil de entender.
Al final llegué a aquella ciudad y, en realidad, llegué a aquel campamento, o centro de acogida, o la gran cárcel, como quieras llamarlo. Pues era, para nosotros, un techo bajo el que protegernos de la lluvia, del frío y de los vientos que inclinan los árboles e inclinan nuestras cabezas hacia abajo, a pesar de los gorros y los chales que nos ponemos alrededor del cuello y del grosor de los guantes que llevamos.
Aquel viaje comenzó con el reparto de un poco de arroz y patatas y algunas cosas que consideraron un sustituto del dinero que debe gastarse conforme a las normas y reglamentos vigentes. Entré en la cocina; el sitio de la cocina está en el vestíbulo, y todos cocinan con todos. Todos se despiertan después de las tres o las cuatro de la tarde. Todavía recuerdo la palabra «animal» en kurdo, donde la dijo quien luego sería mi amigo, por mi manera de preparar la comida.
Todo hablaba de ti, y todo te vigilaba, como las fieras en las jaulas. Sí, y con toda sencillez, desnudez y franqueza: somos fieras en jaulas. Algunos de nosotros roban bicicletas, y en esta ciudad había muchas bicicletas, hasta el punto de que si uno perdía su bicicleta venía al centro de acogida y la buscaba, y por lo general la encontraba.
A pesar de ello, estas fieras —o los recién llegados— tenían talentos diversos, y admirábamos a los demás. Dios mío, ¿qué es este talento que hace de una persona que toma un poquito de dinero aquella casa maravillosa? Tiene el talento del robo, ese talento que se resistió a todos los candados y a todos los sistemas de seguridad para proteger aquellas bicicletas. Podían con toda sencillez abrirlas, tomarlas, venderlas y quedarse con el dinero. Era de veras rico, y lo admirábamos de un modo u otro.
En esta sociedad, tú, como fiera —perdón, como migrante nuevo—, las mujeres son para ti como cualquier cosa que puedes tomar, y el dinero está en los árboles: debes cosecharlo, guardarlo y enviarlo a tu país. De este modo puedes ser, a los ojos de tus pares, un triunfador, perseverante, comprensivo con lo que ocurre a tu alrededor.
Mi vida seguía igual: salgo cada día y vuelvo cada día. Por lo general me gustan las bibliotecas, y en aquel día conocí a aquella chica en la que por primera vez veía su cuerpo: hablo con ella y voy con ella. Pero la barrera religiosa y moral era ancha, amplia y larga, y me lo impidió. Y tras varios años desapareció, y de ella no quedó más que las ruinas de la ciudad, más que las ruinas de las murallas que dicen, con cierta ironía: aquí fue grande, amplio, inmenso.
Motaz Omarien