Nos hemos vuelto un jardín de infancia en el autobús.
Nunca fueron señores en su propia tierra; descubrimos que son la escoria en el país del que vinieron.
¿Por qué me viene Palestina a la mente de inmediato?
En el viaje en autobús encuentro un placer —en descubrir a las personas—; debería durar más de veinticuatro horas en autobús, para desvelar la verdad de las personas.
Y los dos hombres negros que llevan una gorra de diseño reciente se han vuelto dos amigos que no paran de hablar.
Se pone un anillo en el dedo y se limpia la cara cada vez que habla.
Con una gorra blanca, y mira a sus ojos, a ver si ha entendido el chiste sarcástico sobre este sistema en el que viven.
En el autobús hay dos tipos de pasajeros: los de larga distancia, y son los más desdichados, y los de viaje corto, que quieren llegar a su destino. Con algunas excepciones, entre ellas ese marroquí amazigh que pertenece al rap, de pie entre la civilización de la Torre Eiffel y el tajín, perdido entre un perfume parisino en el pecho de una emigrante y el olor de la cocina en casa de su madre.
Y hasta que lleguemos a las fronteras de la pérdida final, hablemos, contradigámonos, aventuremos la existencia de amigos pasajeros en el autobús. Pues todos son transeúntes: en el barrio, entre los vecinos, entre la familia y en los bares. Y las relaciones de los autobuses no se detendrán en este límite, pues nosotros, los emigrantes, estamos acostumbrados a los golpes. Y no somos como lo que dijo de nosotros Cristo: «Pon tu mejilla derecha al que te golpee en la izquierda». Pues nos negamos a que nos golpeen en la izquierda, y nos pasamos la vida entera recibiendo golpes en la derecha, y los principios no se dividen. Y la muerte es una.
Motaz Omarien