El migrante es ese ser humano suspendido entre dos mundos. Dialoga con otro migrante, discute con el hijo de la tierra, habla consigo mismo en una soledad silenciosa. En cada diálogo, enfrenta a la vez la verdad y la huida.
Yo llevo siempre conmigo el papel de los impuestos, y cuando uno de ellos abre la boca para poner en duda mi palabra, le muestro el papel diciendo: «Aquí está, el papel de los impuestos. Yo no he recibido ninguna ayuda; eres tú quien toma de mi dinero.»
Rushdi Abaza. Nadie me hablaba, y cuando llegó el perro, todos empezaron a hablarme. Yo camino con Rushdi Abaza. Ni siquiera la escuela me concedía un permiso, ni por enfermedad, ni siquiera por mi humor turbio; pero cuando llegó el perro, empecé a tomar permisos en su nombre, por su enfermedad, por su humor. El perro toma permiso, y yo con él.
Entre sus costumbres diarias: hojear las noticias… sin formar parte de ellas. La pornografía… una huida de una realidad que no le concede intimidad. El aislamiento… incluso en el gentío de las grandes ciudades.
El migrante no dialoga sólo con los seres humanos, sino también con esa cosa fantasmal, con ese espectro al que llama miedo. ¿Le habla? ¿O es apenas una voz interior que lo acompaña sin respuesta? Toda la narración es un instante antes de la muerte. Se parece al instante del ahogamiento, que el migrante conoce mejor que cualquier otra cosa.
Su buena suerte es, en realidad, una muerte aplazada. En el instante en que huye de la muerte, se encuentra en su regazo, como si la vida se burlara de él. El instante de la muerte de su padre… cuando te aferras al manto del hombre en la mezquita y lloró como un niño perdido.
Tú no mientes, no porque seas veraz, sino porque no sabes cómo mentir. La mentira es un talento raro, y tú no eres de los raros. Ser un libro abierto significa ser un libro débil. La encuadernación protege el libro, mientras que las páginas abiertas se consumen pronto. La migración te conoce más de lo que tú te conoces a ti mismo. Ella controla tu destino. La oficina de trabajo te concede el sustento. El seguro de salud decide cuándo vivirás y cuándo morirás.
El migrante no es un número en una fábrica. No es una pieza de una máquina económica. No es otro color entre los colores de la esclavitud moderna. No es seguidor de nadie… ni de su madre ni de su padre, ni siquiera de su amigo que se ahogó antes que él. Es más complejo que eso. Es un ser humano, con todo lo que la palabra significa. Se parece a ti, señor blanco, pero nadie se parece a ti en tu fealdad. ¿Te conoces a ti mismo? ¿O hablas para convencerte de tu existencia?
La migración es desollar al ser humano de su entorno y sembrarlo en una tierra extraña. Es una de las grandes estaciones de la muerte. La migración es una huida; incluso escribir sobre ella es una migración, un ahogarse en ideas que no sabes adónde te llevan. El migrante ve las escenas y las proyecta sobre su propia realidad. Una composición entrelazada entre los recuerdos y la realidad, entre el pasado y el presente. Los recuerdos no mueren, y la realidad no se ve con claridad. Y así nace «El migrante». Es el instante en que la ilusión se mezcla con la verdad, y la locura con la razón.
El miedo al futuro es el primer motor del migrante obstinado. Es el que va lejos en su pensamiento, el ilógico en su sentir, el que se extiende en su religión. La pérdida del pasado es la pérdida del ser humano. Como dice el proverbio chino: «Quien no tuvo un pasado, no tiene futuro.» Y así, en un punto determinado… se casó.
Este libro fue escrito de una manera loca. El escritor no sabe por qué lo escribió, ni por qué no lo escribió. El prólogo es el epílogo, y el epílogo es el comienzo. Sin comienzo, sin final, sin dirección definida. ¿Es un libro de sabiduría? ¿O un libro poético? ¿O satírico? ¿O algo fuera de toda clasificación? Nadie lo sabe. Ni el propio escritor lo sabe. Lo único que sabe es que ama ver la tinta negra sobre el papel blanco, y en los ojos de los lectores.
Motaz Omarien