Quizá las maravillas de los relatos, las maravillas de las novelas y las maravillas de los cuentos no puedan describir el primer día de la revolución que tuvo lugar en Siria — la revolución con la que tropecé de un modo que no esperaba, y de la que me salvé de un modo que jamás habría imaginado.
Aquel día —el 15 de marzo de 2011— decidí ir a la Biblioteca de al-Asad, la biblioteca central de la plaza central de la capital central de Siria, para preparar una investigación minuciosa sobre el tema en el que trabajaba. Fui a la Biblioteca de al-Asad desde la calle al-Thawra, tomé a la derecha, y heme ahí, frente a mí, una patrulla de seguridad en la entrada de la biblioteca.
El responsable del grupo me dijo: «¿Qué haces aquí?». Le dije: «Voy a la biblioteca». Me preguntó: «¿Por qué?». Le dije: «Soy estudiante de la Universidad Virtual». Y con un sentimiento profundo que me invadió, se me metió en la cabeza que había empezado a comprobar quién era yo, a interrogarme, a verificar mi identidad. Apareció esa personalidad que defiende su derecho a la vida, pero con una dosis sencilla de humillación, de derrota, de sumisión y de trato directo con esta persona que era el responsable del grupo. Y sospecho que era alauí, por su manera de hablar, por su cabeza y por su porte.
Con toda sencillez le respondí: «Soy estudiante de la Universidad Virtual y quiero hacer una investigación». Entonces empezó a interrogarme para asegurarse de que era de verdad estudiante de la Universidad Virtual. No recuerdo ahora si le mostré el carné que nos dan en la Universidad Virtual o no, pero, según creo, se lo mostré. Y después de mostrárselo, confirmó algunos datos, pues me preguntó: «¿Es buena? ¿Es útil? ¿Podrás encontrar trabajo si la terminas?». Y le respondí con el colmo de la humillación, con el colmo de la franqueza y con el colmo de la derrota.
Entré en la biblioteca. Sus numerosos estantes eran largos y anchos, y mis pasos delataban que pensaba y pensaba y pensaba que me había salvado. Hay un detalle minúsculo al que quizá el lector no conceda importancia: que en aquel momento se me buscaba para el servicio obligatorio, lo que en Damasco llamábamos el servicio militar. Y, con toda sencillez, si hubieran tecleado mi nombre, o si él hubiera preguntado por mi nombre, habría salido que era un fugitivo.
Para que conste: yo no salía nunca de casa, por dos razones. La primera y principal era que tenía pendiente el servicio obligatorio y no podía moverme con facilidad por este lugar. Y la segunda era que no tenía trabajo. En realidad tenía dos trabajos: el primero era un trabajo desde casa, pues podía crear un sitio web y ganar dinero con él; y el segundo era que trabajaba y no trabajaba, y me entraba dinero de aquel ingreso suplementario. Pero al mismo tiempo era un hombre solitario y desdichado.
La biblioteca daba a una plaza. Me senté en un rincón, observando esta dirección y aquella dirección, y empecé a ver a algunas personas entrar y ser detenidas por las patrullas de seguridad. Intentaban reunirse en la plaza.
La experiencia de Egipto, y la victoria de la experiencia egipcia, era una prueba contundente de la capacidad de Siria para salir del dominio de al-Asad, para salir del dominio del Baaz, para salir del despotismo y la matanza y el atraso y las tinieblas y la muerte y las penumbras de las cárceles y la debilidad del movimiento y de todo. Era una oportunidad más que histórica, así que era obligado para los sirios aprovecharla y lanzarse a una nueva liberación.
Volví a casa sano y salvo, en alma y en cuerpo. Por la tarde hablé con mi padre. Me dijo: «Recorrí todas las plazas y no vi señal alguna de movimiento».
Quizá era aquel revolucionario que llevaba dentro, aquella ira contenida en su alma, que se hacía la ilusión de que la salvación era posible, de que la gente se había vuelto gente, y quería moverse, y quería arrancar las tinieblas de sus ojos, y quería alcanzar el futuro y la justicia por sí misma y con sus propias manos.
Pero mi padre estaba desalentado. Dijo: «No hay movimiento en ninguna plaza. Esto es Siria; no es Egipto».
Motaz Omarien