Un relato breve que os lee el engañado en representación de sí mismo.
Aún recuerdo el primer momento en que puse el pie en Europa. Entre el Tercer Mundo y el mundo civilizado, avanzado, creativo, tecnológico y liberado —el mundo de los derechos humanos— no había más que un simple río. Ese río era lo único que separaba dos mundos. Tanto es así que, cuando mi pie pisó aquella tierra, en la mañana del día siguiente, tras una breve cabezada y una vez calmado el vaivén del cruce del río, me dije: ¡qué cielo tan distinto! Luego me detuve un momento y me dije para mis adentros: el cielo es el mismo cielo, y la tierra es la misma tierra; pero ¿qué es esto?
Quizá aquel fue el primer punto en que el engañado —o el embaucado— quedó al descubierto, en el primer instante de la entrada en Europa. Como si fuera un nacimiento. Y desde luego: un nacimiento de la aflicción, un nacimiento del dolor y un nacimiento hacia el espejismo.
Luego pasamos a otro mundo, a un mundo desde dentro del espejismo, donde nosotros —unos seres humanos, podría decirse— éramos como los drogados, que lo ven todo hermoso; lo cual engendra una energía y una suerte que te empujan al descubrimiento y a la aventura, al deseo de conseguir dinero y mujeres, y a estar dentro de este sistema invencible, dentro de este sistema colmado de faldas cortas y de ropa de playa, de la libertad de trasnochar y de la libertad de acostarse con cualquiera, y de traer a cualquier mujer o a cualquier hombre a tu casa sin que tu vecino abra la boca ni suelte una palabra.
Y nos lanzamos a este sistema. Pero —como solían decir— hay deberes y hay responsabilidades. Y con el paso del tiempo descubrimos que las responsabilidades que recaen sobre el engañado son unas responsabilidades —podría decirse— agotadoras, desde el punto de vista físico, desde el punto de vista psicológico y desde todos los puntos de vista. En cuanto a las responsabilidades que pesan sobre el engañador, son, por supuesto, responsabilidades de oficina, bajo un techo cálido, mullido, bello y tranquilo. Y podría decirse: la diferencia esencial —o la diferencia visible— es que el poder financiero que acumula el engañador equivale, aproximadamente, al doble, al triple, al quíntuple, al séxtuple, al séptuple, al óctuple, o hasta doce veces más. De modo que el engañador puede comprarse una casa al cabo de diez años; mientras que el engañado, ni él ni su mujer ni sus hijos ni siquiera sus nietos pueden llegar a poseer una casa. Y siguen en aquellos suburbios miserables, y en aquellas citas que no terminan nunca —las oficinas de empleo, los servicios sociales— y en el sistema que tanto amamos; que empezó con una falda corta y terminó en un desamparo eterno.
Luego la gente de fuera de esta trampa —perdón, perdón— de fuera de este sistema, te pregunta, y te dice: ¿qué has logrado aquí? Y cargas con una responsabilidad mayor que la que cargaste al principio; pues ahora te tocan —cualesquiera que sean las caras negativas de este sistema, tú, como engañado, debes lidiar con ellas, y el caso se levanta contra ti— porque el sistema, ya que el sistema es, podría decirse, casi perfecto: nadie puede destruirlo, nadie puede romperlo, y tú, como engañado, no puedes desarrollarlo ni ablandarlo hacia tu lado. Puede que ciertas circunstancias internacionales hayan puesto fin a este sistema, pero tú, como engañado —y de verdad eres parte de este sistema— no puedes cambiarlo. Sí: hasta ese punto estás engañado. Hasta ese punto no existes. Hasta ese punto no eres más que un espejismo tras un espejismo tras un espejismo.
Motaz Omarien