Rostros del emigrante

Un amigo mío

7 de septiembre de 2026 — Instantánea 2

Este amigo mío no deja de hablar. Su esposa finlandesa bromea diciendo que padece «diarrea verbal». A pesar de mi calma y mi quietud, él tiene una asombrosa capacidad para hablar; más aún, para arrastrar a los demás a la conversación. Puede hablar durante largas horas, abriendo puertas interminables de polémica: la religión, la moral, figuras históricas ya muertas que dejaron tras de sí un debate estéril que nunca cesa.

Comparte conmigo todo lo que oye, lee, ve y vive. Es un amante de las preguntas: extrae una pregunta de otra pregunta, saca una conclusión de otra conclusión, fabrica un resultado de otro resultado. Posee un talento sorprendente y un carisma cautivador para convertir el diálogo en un río inagotable.

Mi amigo bate récords diarios de conversación. Una o dos horas son para él una cifra cualquiera; sus números de verdad son cinco o seis… y pueden llegar hasta ocho horas seguidas. Y se enorgullece de ello como si fuera un campeonato personal.

Lo curioso es que este amigo que habla sin parar no ama la lectura. Cree que la era de la lectura terminó, y que la era que impera es la de escuchar y hablar. Nadie lee, dice, porque nadie escribe; y nadie escribe porque nadie lee. Un círculo vicioso que él rompe con su palabrería interminable. Y a ti te toca encontrar ese vínculo perverso entre tú y los habladores que nunca se detienen.

Últimamente ha inventado lo que él llama «la radio-radio ininterrumpida»: una sesión maratoniana de cuatro, seis u ocho horas, en la que el locutor comienza con una sola pregunta… y él se encarga de la respuesta, una hora entera o más. ¡Vaya programa!

En cuanto a mí, no sé cómo terminar esta historia. Las horas de escucha continúan, ya sea a través de mis conversaciones con él o de su emisora interminable. Así que no me queda más remedio que cortar el relato aquí… y dejar su final en suspenso, igual que su charla, que nunca termina.

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