De vez en cuando, provoco un pique con mi amigo mauritano: me empeño en crear esa diferencia entre nosotros. Y aunque hablamos durante horas, esas largas conversaciones pueden acabar por una nimiedad; él protesta, o protesto yo, colgamos —o nos lo recordamos mutuamente después—, y casi siempre queda entre nosotros un rencor soterrado que nunca llega a zanjarse.
Lo sigo de cerca: sus escritos, sus análisis, su crítica de la realidad social y política. Encuentro en su diferencia aquello que me empuja a seguir leyéndolo y a mantener el contacto. Confieso que, en cierto modo, fui yo quien lo impulsó a escribir; del mismo modo que hoy, de otra manera, lo impulso a dudar o a detenerse. A menudo le reprocho sus temas: él se inclina por hablar de Gaza y del Diluvio de Al-Aqsa, mientras yo quisiera que escribiera sobre su país, Mauritania, o al menos sobre Helsinki, Finlandia, donde reside.
Así, las riñas, los piques y las disputas intelectuales entre nosotros no tienen fin, a pesar de lo distinto de nuestras filiaciones. Yo, por ejemplo, no pertenezco con claridad a ninguna corriente. Vago indeciso de aquí para allá: no estoy ni con estos ni con aquellos. A veces no sé adónde voy, ni hasta cuándo, ni dónde estoy. Mi amigo mauritano, en cambio, pisa tierra firme con su postura nacionalista árabe y nasserista, clara y rotunda.
En cuanto a mí, soy ese ser cambiante que transita entre el islamismo, el nacionalismo, el patriotismo, el humanismo y el comunismo. Aquello que leo por la mañana se vuelve mi causa; aquello que es mi causa por la noche, lo reniego a la mañana siguiente. Ese soy yo, el camaleón mudable, y esa es mi provocación y mi contrariedad con mi amigo mauritano, firme en su claridad.
Motaz Omarien